¿Que encuentre a quién? ¿Dónde? Empiezo a hacer memoria a ver si me había dicho algo al respecto cuando aún estaba lúcido. Algo de una persona que estaba buscando… sí, eso era pero ni él se molestó en dar detalles ni yo quise preguntar. Y claro, ahora el hijo de puta ya esta out así que me deja con la duda. Drogado y me sigue jugando juegos mentales. Vampiro, ¡vampiro de mierda!
Así me la paso insultándolo durante los 10 minutos que tardo en llegar al junkyard del tío de Finch. Lugar donde, con algo de suerte, podré ocultar la Path durante un tiempo. Unos días. ¿Cuánto podría tardar en resolver un caso de asesinatos múltiples con los Paraops persiguiéndome?
“No, no necesito que me contestes eso.”
- ¡Aguarda! ¿Quién anda ahí? – me grita el viejo, saliendo de su casita luego de haber sido despertado por los ladridos del perro. – Ahhh, eres tú. ¿Buscas a Finch?
- No…
-¿Buscas repuestos?
- No.
- ¿Entonces qué carajo haces aquí?
- ¿Puedo dejar mi auto aquí? – digo, bajándome del Jeep.
El tío baja la escopeta y levanta el mentón como si estuviera evaluándome.
- ¿Por cuánto tiempo?
- Unos días.
-¿En qué te metiste?
- En una cloaca.
Me sigue mirando. Hace un juego con esos arbustos que tiene por cejas. Finalmente, desdibuja la seriedad fingida y estalla en una carcajada.
- Vale, vale, lo que tú digas. Déjalo ahí atrás. ¡FSSST! ¡Rocky! – le grita al perro. – Cierra el pico.
Rocky se calla, pero sólo por un par de segundos, y yo podría apostar todo el dinero que no tengo a que no ladra por mí. El tío también se da cuenta, y le señala a mi ‘pasajero’ con la punta de su Mossberg.
- ¿Qué hay de él? ¿Amigo tuyo?
- Eh… me lo llevo.
Luego de llevar a la Path hasta el fondo del ‘cementerio’ me bajo por segunda vez, caminando hasta quedar frente del auto y evaluar, realmente, el daño. Dicen que después de ese primer rasguño, todo lo demás ya no duele tanto. Bueno, por suerte mi Path ya tenía algo de tiempo cuando Vince me la entregó, aunque definitivamente él había hecho un mejor trabajo en preservarla en buenas condiciones. Si los autos pudieran hablar, me pregunto qué me diría el mío…
“Mmm, no. Creo que tampoco quiero saber eso.”
Bueno, lo primero es lo primero. Dado que mi móvil sigue sufriendo los efectos del ahogamiento, le pido prestado el teléfono al tío y llamo a Finch. Quince minutos después, su chevy se estaciona en el patio del desguace y se baja saludándome.
- Si algún día te linchan… avísame.
- ¿Para que tomes fotos?
- Iba a decir “para que pueda tener el placer de arrojar la primera piedra…”, o el primer cóctel Molotov, pero tienes razón, no quiero quedar implicado, que es lo que siempre me pasa contigo. No, no… – añadió viéndome abrir la boca. – Solo dime quién va a preguntar por ti, o si van a preguntar si quiera, si debo reforzar mi sistema de seguridad o simplemente irme a Vancouver.
- No creo que pregunten. Pero en tal caso, no tienes porqué mentirles. – le digo.
-¿A quién?
- A quien sea. Necesito tu auto.
- Ok, pero no dijiste… Espera. Espera, espera, espera…. ¿Qué?
Cae tarde.
- Ya dijiste ‘Ok’.
- Nuh-uh, ¡no cuenta!
- Si cuenta. Vamos. Media hora, y te llamo para decir donde recogerlo.
-¿No quieres que sepa adónde vas? En serio… ¿en qué te metiste ahora?
- Te estoy ahorrando problemas, Einstein. ¿Me ayudas o no?
Me mira… mira al chevy… mueve la cabeza… y con su mejor cara de fastidio me entrega las llaves.
- Eres un pésimo amigo, viejo.
- Ya lo sé.
- Por cierto, apestas.
- Ya me lo dijiste.
- No, en serio, apestas. ¿Dónde estuviste?
El lugar al que me dirijo es un cementerio abandonado en Staten Island – escondido detrás de una pared de ladrillo sobre la avenida Port Richmond, pasando apenas la Richmond Terrace. Técnicamente, es un patio de iglesia – siendo esta una vieja estructura invadida por la maleza del presente y los residuos del pasado que la hacen un lugar poco hospitalario. De vez en cuando algún mendigo, o yonkie, o algún grupito de adolescentes irrumpen la tranquilidad y el espectáculo empieza. Sí, fantasmas. O algo así. No son de los más violentos, pero pueden darte un buen susto si no estás preparado. Tampoco les gustó mucho adquirirme como vecino, pero ya se acostumbraron.
Me estaciono a seis cuadras del lugar y camino el resto del trecho por las alcantarillas. Con un vampiro sobre mi hombro. Saben… es gracioso como algunas cosas no dejan de repetirse…
Tanto me quedo pensando sobre eso que casi piso uno de mis propios sellos; lo cual hubiera sido aun más gracioso, teniendo en cuenta que llevaba a un colmilludo conmigo. Con cuidado, dejo a la ‘bella durmiente’ sobre el piso y me agacho, sacando mi cuchillo para quitar parte de la pintura. Luego lo repararé.
Después de atravesar un par de barreras más, llego hasta la puerta de mi refugio. Por decirlo de alguna forma. Es un espacio debajo de la iglesia donde puedo existir. Fuera de vista. Fuera de cobertura. Y sin pagar renta.
- A ver. – digo en voz alta, luego de dejar a mi ‘invitado’ sobre el único colchón disponible. - ¿Cuánto tiempo llevas? Unos… ¿40 minutos? Eso debería dejarme por lo menos media hora, ¿no crees?
No me responde. Cojudo. Está en su mundo feliz. Le reviso los bolsillos, quedándome con su arma, sus llaves, su billetera y su PDA, y arrastro el colchón hasta un cuarto adjunto, el cuarto de huéspedes – un 2x2 con paredes de hormigón y una puerta que podría resistir un pequeño bombardeo. Una vez que termino con eso, me levanto y me quedo unos segundos sin despegar mi vista de su sucio cacharro. Curiosamente no siento muchas ganas de pegarle, pero quizás sea temporal.
“Será mejor que tengas respuestas, Dylan.” Pienso, saliendo de la habitación y cerrando la puerta para finalmente dirigirme a la ducha.













